En ese momento te cegó. Posó sus cálidas manos en tus ojos, y te impidió seguir viendo. Olvidaste el sol, los pajaritos, la hierba y los riachuelos, y creaste e inventaste un universo. Tuyo. Tuyo y de ella. De las dos.
Tiempo después, ¿quién recuerda cuánto? ¿2 días, 3 semanas, cuatro meses? ¿un año, quizá? se retiró, silenciosa, sin molestar. Poco a poco, tal y como había llegado. Al principio decidiste no abrir los ojos. Antes, cuando tus ojos sentían su calidez, los abrías de vez en cuando, pero veías lo mismo que si no lo hacías. Era al no estar en contacto con esas manos... sus manos... veías todo oscuro. No viste el final del túnel, porque no había luz. Ni túnel. No había luz porque decidiste mantener los ojos cerrados. Un día pensaste en abrirlos de nuevo. No había nada que perder... ¿o sí? Nada... era lo único que tenías... ¿Puede perderse "nada"? Creías que no. Poco a poco... ¡Los abriste! Y ¡vaya! ¿qué era eso? No... eso no. ¿No te cegó? Que va, ya lo estabas. O eso pensabas. ¿No recordabas la luz del sol? Era mejor que lo que creaste, ¿verdad? Sí, sí. Ahí sigue, estará, y permaneció mientras andabas cegada, sin ver. Que no ciega, ojo. ¿Te costó acostumbrarte? Cerraste los ojos, pero esta vez pasó menos tiempo entre "un abrir y cerrar de ojos".
Ya has visto la luz, y quieres volver a acostumbrarte. El mismo día que lo consigues, quizá el siguiente, viene alguien por detrás y...
¿Quién soy...?
No hay comentarios:
Publicar un comentario